06 octubre, 2008

Las piedras musicales

LAS PIEDRAS MUSICALES, por Alcaraván

Aquella era una montaña musical. Lo descubrió un pastorcillo. Al golpear las rocas de su ladera brotaba la música. Y como había guardado el secreto durante mucho tiempo, se había convertido en todo un virtuoso de las piedras musicales. Las hacía sonar golpeándolas con su cayado y la melodía dependía del lugar en el que las golpeabas y de la manera como lo hacía. Algunas piedras sonaban a piano, otras a trompeta. Y unas redondas y menudas, si las lanzabas ladera abajo, daban un solo de clarinete.

Durante mucho tiempo aquellas piedras musicales fueron su secreto mejor guardado. Pero los conciertos de música pétrea no son fáciles de ocultar. Sobre todo cuando a las piedras, que en ocasiones son muy juguetonas, les da por caer en avalancha sobre el valle montando una sinfonía o, en ocasiones en las que están especialmente bromistas, una marcha militar.

La gente suele asustarse con estas cosas. Más si son aldeanos. Piensa en seguida en hadas y en duendes. Y por lo general, quien se topa con duendes y hadas acaba malparado. Pero la gente tampoco es boba, y cuando ven a un pastorcillo bajar de la montaña entrechocando dos piedras que suenan como unos platillos, comienza a sospechar.

Por eso no tardaron en enterarse de lo que sucedía realmente. Y si bien, por eso de la novedad, las primeras jornadas los aldeanos subieron en tropel a ejecutar sus conciertos particulares –conciertos desastrosos, porque no todos son pastorcillos-, pronto se desinteresaron del asunto. Eso sí, a partir de entonces consideraron a aquella montaña de las piedras musicales como uno de sus bienes más preciados, junto con el puente romano y el pórtico de la iglesia. Y la mostraban orgullosos cuando llegaba algún turista.

Durante mucho tiempo no pasó nada en especial relacionado con aquellas rocas instrumentales. La gente de los pueblos de los alrededores se tomaban el fenómeno como una extravagancia, una manera de llamar la atención. Hasta entonces aquella aldea sólo había sido conocida en la región por su excelente queso de cabra. Pero un día llegó a la aldea uno de esos hombres de la capital, de esas personas mayores de chaqueta oscura y sombrero, de pelo blanco y gafas chicas que tienen siempre la cara tan seria. Y que suelen ser banqueros, políticos o directores de algún museo. Aquel en concreto dirigía un conservatorio y estaba tomando una de esas vacaciones que tanto recomiendan los médicos a cierta edad, de baños termales y paseos campestres.

En cuanto se enteró de aquel fenómeno de la naturaleza le faltó tiempo para buscar al pastorcillo y pedirle que lo acompañara hasta la ladera de las montañas. Cuando llegó disfrutó como un niño, lanzando unas piedras contra otras o golpeando rocas con su bastón. Aquello era maravilloso. Pero cuando quedó embobado de verdad fue cuando escuchó tocar al pastorcillo con tanta pericia.

Se marchó del pueblo con un par de bolsas llenas de piedras. Quería estudiarlas en la ciudad. Les dijo a aquellos aldeanos que muy pronto se harían famosos. Y al pequeño pastor que también en breve lo llamaría para realizar conciertos por las ciudades más importantes de Europa.

Efectivamente, muy pronto la noticia salió publicada en los principales periódicos del país: “Descubiertas piedras musicales, un milagro de la naturaleza. Científicos perplejos”. Fue todo un bombazo.

Si en todos sus años de existencia no habían llegado a aquella aldea más extraños que los que podían caber en su pequeña iglesia, en la siguiente semana llegó gente suficiente como para llenar al menos un centenar de ellas. Muchos señores de bombín y monóculo y señoras con sombrilla. Y muchos niños con sombreritos con lazo y grandes piruletas. Sí, la aldea y su montaña de piedras musicales se hizo de repente muy famosa y la gente venía a pasar allí sus vacaciones y a visitar aquella ladera mágica. Y todos se llevaban lo que denominaban “souvenirs”, que era la manera en que parecía que llamaban a las piedras en la ciudad. Se las llevaban a los parientes o como regalo a aquellos sobrinitos tan majos y que venían a visitarlos en navidad.

Al principio sólo se llevaban piedras en pequeñas cantidades. Unas cuantas cada uno. Aunque sumando y sumando en realidad suponía una gran cantidad. Pero lo peor ocurrió cuando llegó un señor al frente de un escuadrón de peones con picos. El señor en cuestión llegó haciendo ondear un contrato en el que decía que el legítimo dueño de esas tierras, un viejo marqués, le había cedido la explotación de la montaña.

En pocas semanas dejaron aquella ladera pelada, sin piedras...aunque hay que reconocer que durante los días que estuvieron trabajando los conciertos fueron atronadores.

Así ocurrió que la fama de aquel pueblo fue tan efímera como efímero el tiempo que las piedras musicales duraron en la montaña una vez descubiertas. Pero tampoco fue un trauma muy grande para sus habitantes, que habían ganado mucho dinero durante aquellos meses de frenética actividad. Ahora todo volvía a ser tranquilo, y ellos tan contentos. Aunque no podían evitar cierto sentimiento de pesar por no haber protegido de alguna manera a su vecina, la montaña.

Pero la naturaleza es justa. Y el día que aquel director de conservatorio estrenó su primer concierto para piano y piedra, todos quedaron...bueno, de piedra, cuando al golpear los dos cantos que tenía en la mano sonó un soberbio ¡Cloc!

Así es, todas aquellas piedras fueron perdiendo con el tiempo sus facultades musicales. Quien sabe si debido a su lejanía con la montaña. Pero lo que es cierto es que los que habían invertido tanto en ellas se quedaron con un palmo de narices.

El pastorcillo, por su parte, quedó muy desolado por lo sucedido. Y dejó de frecuentar aquel campo que ahora le parecía de un silencio sepulcral. Ahora sólo llevaba a las cabras y ovejas a pastar cerca de unas arboledas que había en la otra ladera. Se tumbaba y se quedaba dormido mientras escuchaba las canciones que cantaban los árboles cuando el viento rozaba sus ramas. Sí, realmente aquella era una montaña musical.
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Alcaraván es Javier Gallego

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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena por el cuento. Muy bonito.
aunque en mi realidad se ocurren un montón de finales, que aún están por suceder.
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